Y al cuarto día, la vida sigue. Porque los honores están en cada kilómetro que recorro y no en lo que podría haber regalado. Que, por otro lado, sería complicado acertar.
Al cuarto día, el mundo es ajeno porque el último día cada vez pesa menos. Pesan más los días en los que se construyó la escalera que me lleva hasta un veinticincoavo.
A más de 16000 km, el cuarto día ya significa poco. Bastante menos que cualquier reflejo cotidiano.