Camisetas geniales!!!

"Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía". (Marcela Lagarde)

viernes, 23 de octubre de 2015

El banco

Otra vez en el mismo banco donde ya lloré una vez y más de una. Otra vez me acerco a casa por la plaza que recoge mis lágrimas. Otra vez. Sin embargo, ahora ¿a quién llamo? ¿A quién llamo simplemente para que me escuche llorar? Puede que desde este banco no haya cobertura. Puede que esté maldito. Puede que sea porque me hace pensar en él. Yo le recuerdo en pañales y gateando. Sé que en algún momento fue un bebé sólo de cuna. Lo sé pero no lo recuerdo. Con el tiempo y muy poco a poco fue creciendo. Fue aprendiendo a caminar y a hablar. Aprendió a existir pero sin trampas. Aprendió a evitar baches y huir de maleantes. Hasta consiguió ver la maldad y no apropiarsela. A veces, era algo travieso. Travesuras poco dañinas pero con algo de picardía. Tenía su gracia, ya que, a pesar de todo, mantenía ese punto de ingenuidad que mantenía viva su frescura. Conservaba aquella inocencia de sus primeros gateos. Inocencia pura y sincera que había ido armando con la experiencia de los años. Luego todo cambió en muy poco tiempo. Cuando volví de las últimas vacaciones de primavera, era distinto. No había rastro de inocencia. No una miga que delatara si antigua presencia. Nada. Absolutamente nada más que hueco. Irremediablemente se había echo mayor. Mayor y vacío de esperanza e ilusión. Y ese es el último recuerdo que tengo de ese ser de seres al que nombramos como "el mundo". Así es exactamente como le he visto crecer...¿O fue el quien me vio envejecer a mí? En cualquier caso, no hay llamada que me vaya a resolver esta cuestión. Tan sólo una línea telefónica que traiga títeres de entretenimiento a mis oídos. Títeres que cuenten leyendas tan divertidas que no necesite tener respuestas. Pero ya me quedé sin ese comodín y este banco esta demasiado frío.

jueves, 22 de octubre de 2015

Ese amor...

El tiempo es tan relativo que depende de todo. De todo y de nada. El reloj puede marcar su paso, pero tu decides cuando duran tus días. Y tus noches. Eso cuando puedes, porque como ya se ha mencionado, el tiempo depende de todo, sobre todo el tiempo nocturno. Depende de si estás enamorado o no. De si eres feliz. De si tienes problemas. De si tienes hambre. De si tienes frío.

A mí hoy el frío me empapa los pies y el hambre se agarrota en el estómago. No hay manta ni alimento cuando el enfermo es el corazón. No hay alimento posible para un pobre zombie vegetariano. Mis dedos tocan una piel artificial para ver si olvidan, por un momento, el tacto que tiene su piel. O mejor dicho, para distraer sus ganas de tocarla eternamente. Es un pasatiempo entretenido, tan sólo por un momento. Es un momento largo, por su puesto. Pero un momento. Es el espacio de tiempo en el que tan sólo un par de órganos funcionan albergando los padecimientos de todo el cuerpo. Un par de órganos que expulsan en forma de vómito lingüístico el veneno ingerido por el corazón. Un corazón débil. Un corazón malherido. Un corazón sin cura.

La cura de cualquier corazón moribundo es aquel amor que huele a pasión. Ese que se derrite entre tus manos y sabe a gloria. Es ese amor que implica lucha. Ese amor que agota y hace sudar. Ese amor que tiene el elixir de la vida. Es un amor inconfundible, y yo diría que único. Es inigualable. Ese amor tan puro y elevado que despertará envidias. Incluso entre quienes puedan lograrlo igual o mejor. En aquellos que no pueden lograrlo, despertarán una gran preocupación, pues parecerás un loco ante sus ojos. Y unos por quererte mal, y otros por quererte bien, entre todos te alejarán de lo más maravilloso que puede albergar este mundo. Y esta última frase es la que me impulsa a luchar por ese amor. Porque sólo viviendo y sintiendo ese amor, yo consigo ser feliz.

Sin embargo, vivimos en un mundo civilizado. Un mundo en el que ya tienen definida que es la felicidad para mi. Y para mi desgracia, no es ese amor que tanto ansío. La felicidad que he de buscar, se encuentra en otros parámetros. No en que te hagan subir a las nubes, sino en que no te hagan bajar a los infiernos. En la jaula en la que nací, los amores que te dañan no son buenos. Por mucho que te hagan sentir viva. Por mucho que sean lo mejor que te ha pasado nunca. Aunque te embriague con su felicidad y frescura. Aunque sea lo único en este mundo que sea capaz de distraerte de tus fantasmas y dejarte buen sabor de boca. Aunque sea lo único que haga tus problemas más llevaderos. Aunque sea lo único que te da fuerzas para vivir. A pesar de todo esto, si te hace mal, no merece la pena. Si te pega patadas en la espinilla, no merece la pena. Porque es mejor malvivir con las piernas enteras que ser feliz hasta no poder caminar. Y este punto me asusta tanto, que me planteo dejarme llevar por la corriente. Dejar de dibujar cortes en mi piel a causa de un imposible. A causa de un amor que no me llevará a nada. Un amor que es tan feliz conmigo como sin mí. Un amor que no me quiere aunque pueda dejarse querer. Un amor que no me corresponde en la misma manera. Un amor que tiene de quien alimentarse sin mí.

Así pues me hallo columpiándome en este dilema vital sólo cuando es demasiado tarde. Sólo cuando el miedo al dolor por amar, por sus consecuencias, me lleva por el camino recto. Sólo cuando estoy conducida hacía lo correcto, sólo en ese momento, me tambaleo y replanteo volver. Quizá porque es cuando me siento vacía, al alejarme tanto de ese amor inmenso. Quizá porque me da miedo no volver a vivir. Quizá porque es un punto bastante seguro donde recordar y anhelar ese amor. Seguro porque el camino de vuelta es tan difícil que asemeja más con imposible. Seguro porque es más probable que mi amor se aleje cada día a conseguir aunque sea tocarlo. Es la mejor manera de que el amor no me traicione con patadas, pues en el camino recto nadie comete penaltis ni faltas.

Al final tan sólo me queda la semi-certeza de no morir. De no llevar una mala vida. De una cierta seguridad, una cierta estabilidad y una cierta falta de dolor. Con ello, también me queda la certeza de que no estoy viviendo y no sé si algún día lo haré. Soy presa de mis propias decisiones. Agoté mis esperanzas de felicidad al impedirme soñar por miedo a que los sueños se conviertan en pesadillas.






martes, 20 de octubre de 2015

Secreto

Tengo un secreto que ya no es secreto. Tengo un secreto que ya no mola. Tengo un secreto que ya no es mío.
No sé exactamente dónde ni cómo lo perdí. No sé si lo dejé olvidado en Berlín o fue por Madrid dónde se me cayó.
No sé si desapareció en el momento en el que lo publiqué, o se publicó porque desapareció.
Ni siquiera sé si alguien lo sigue guardando, o sólo yo mantengo su lugar intacto.
Puede que simplemente tergiversé unos susurros que no eran para mí. Será que aquel no era mi secreto. Será que no debió ser secreto o que no debía ser para mí. Será que pertenece a otros oídos y otros labios. Puede que los secretos no existan y todo fuese producto de mi locura. En cualquier caso, me quedé vacía por dentro, sin secretos que albergar porque volaron.

lunes, 19 de octubre de 2015

Fallida discusión

Hoy me levanté con ganas de discutir. Normalmente la gente se despierta con hambre o con sueño. O con ambas. Sin embargo,  en ocasiones, yo me levanto con ganas de discutir. Además de extraño puede parecer obvio. Lamentablemente no es así. He tardado varios años en descubrir que ese malestar que me encogía el pecho de vez en cuando era, simplemente, eso, ganas de discutir.
Después de conseguir descifrar el problema. Es decir, que tenía ganas de discutir. Ganas de discutir porque mis proyectos no se desarrollan como yo tenía planeado. Porque la frustación me alcanza y no me deja respirar. Ganas de discutir porque no me aguanto. Después de descubrir todo eso, trabajé para afrontarlo. Afrontarlo significa huir de las discusiones, esquivar los enfrentamientos en los que descargaría mi rabia y mi ira. Hacer frente a las ganas de discutir, implica esforzarme en evitarlo hasta que ya no tenga ganas.
El día fue cayendo sobre mí y las ganas de discutir hervían bajo una olla a presión que no me veía capaz de abrir. Al final, no pude contener más mi vertiente agresiva y decidí llamar a mi abogado. Es fácil discutir con mi abogado, siempre me da malas noticias y se encarga de decirme todo lo que no puedo hacer. Le llamé varias veces pero no contestó. Podría haberlo dejado ahí, pero, ya que sucumbí a la tentación, iba a pecar.
Me fui hasta su despacho en el centro de Madrid. Estaba situado en lo alto de un edificio señorial. Antiguamente era un edificio muy concurrido, pero ahora apenas tenía vecinos. En la planta de su oficina, ya sólo estaba su negocio. Llamé repetidas veces al timbre sin obtener respuesta. Todo era muy raro, pero pensé que quizá le había surgido algo. Quizá otro cliente con ganas de discutir.
Cuando ya estaba en disposición de irme, me dí cuenta de un detalle. La puerta estaba abierta una milésima. Empujé la puerta y abrí fácilmente. Fui enseguida a la habitación del fondo, dónde me solía recibir él. En ese momento no le concedí importancia a lo vacío que estaba el resto del piso. Al abrir la puerta del despacho de mi abogado, la realidad cayó sobre mí como un piano de plomo. Algo horrible había pasado. Encontré la habitación vacía de muebles, salvo por una mesa escalofriante en el centro. Si hubiese visto esa mesa en un escaparate, no habría llamado mi atención. En un escaparate no sería el soporte de lo que ví. Sobre la mesa, estaba tendida la jefa de mi abogado. La única tela que cubría su cuerpo eran unas esposas de cuero en las muñecas y sus homólogas en los tobillos. Éstas mantenían a la jefa sujeta boca a bajo contra la mesa de cristal. La mordaza que la oprimía la boca, impedía que describiese lo fría que estaba. Su respiración era claramente dificultosa. En parte por las largas horas tendida con la espalda oprimiéndole el pecho. En parte, por la ansiedad de una situación tan  desagradable. En el suelo, unas gotas de sangre reseca ensuciaban el blanco impoluto que  siempre lucía. Provenían de las extremidades de la mujer. Era el resultado de las fuerzas de torsión sobre la frágil piel humana. Era producto de la lucha de una mujer por liberarse de la presión de una inmovilización impuesta. Fueron las gotas que brotaron cuando se acabaron las lágrimas. El escenario era un cuadro impactante, conmovedor y desolador.
Desaparecieron las ganas de discutir, y me acerqué con cuidado, intentando tranquilizarla con palabras de calma. En ese momento, mi debilidad hizo que me desmayara. Me desmayé y sus suplicantes gemidos desgarradores no consiguieron despertarme.

jueves, 15 de octubre de 2015

Patricia y Don Chorlito

Patricia tenía seis años cuando Don Chorlito llegó a casa. Don Chorlito fue su regalo de cumpleaños. Era un periquito azul (aunque en ese momento no estaba claro aún) bebé. Patricia estaba encantada con su nueva mascota y dedicaba todo el tiempo que no estaba en el colegio a observarlo, cuidarlo y ponerle nombre. Don Chorlito dormía en su habitación (tras duras negociaciones con sus padres), en una especie de cuna que ella misma había preparado.
Al cabo de un tiempo, demasiado corto para Patricia, el pequeño pájaro empezó a mover sus alas. Todavía no era capaz de volar, pero lo intentaba a ratos.
Un día, al volver del colegio, había una jaula sobre la cama de Patricia. Sus padres, pacientemente, le explicaron que esa debía ser la nueva casa de Don Chorlito. Ella se echó a llorar, pues ella no cabía y no podría jugar tanto con él. Sin embargo, en ese momento obedeció. Sólo en ese momento y cuando sus padres la veían. Mientras sus padres estaban ocupados, ella sacaba a Don Chorlito de su jaula y correteaba detrás de él. Ella, al contrario que sus padres, sabía que el pájaro no se escaparía, y si lo hacía volvería. Ella y él eran amigos y el no quería separarse de ella tampoco. Incluso podría acompañarla al colegio. Seguro que a Don Chorlito le encantaría.
Todo cambió cuando en el patio del colegio de Patricia un pajarito se cayó del nido intentando volar. A Patricia le dio muchísima pena y pensó que volar era demasiado peligroso. Empezó a pensar y pensar y cada vez veía menos conveniente que Don Chorlito volase. Si volaba podría caerse como el pajarito de su colegio, o le podía atropellar un avión, o podía irse con otra niña...Podían pasar tantas cosas malas que Patricia tuvo muy claro lo que tenía que hacer.
Al llegar a casa, le cortó las alas a Don Chorlito. El pobre pájaro pió muy fuerte, pero Patricia estaba decidida. Pensó que era como cuando sus padres le daban un azote, lo que compensaba a cambio de que no se estrellase o lo atropellara un avión. A los pocos días, Don Chorlito ya no se quejaba y Patricia estaba tranquila porque su amigo estaría a salvo.
Don Chorlito ya nunca voló y nuca sabrá que es volar. Corretea por toda la casa y, de vez en cuando, mira el cielo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

El arriero que se hizo hostalero

Érase una vez un arriero que construyó su casa a las afueras del pueblo. Como estaba en el camino, a menudo los viajantes hacían una parada en busca de posada.
Este hombre, al principio reacio, daba algún pedazo de pan y algo de vino. Con el tiempo decidió dejar su oficio y dedicarse al hospedaje. Fue dando cobijo y alimento a aquellos que decidían visitarle.
Su gentil hospitalidad fue aumentando la fama del hombre y su morada. Tanto que, incluso, algunos convoys se desviaban del camino más corto hacia su destino, para descansar en su negocio.
Algunas veces, pasaban gente menos adinerada o con grandes necesidades. En esas ocasiones, nuestro protagonista apenas les cobraba o les regalaba la estancia y los gastos a cambio de una buena historia.
Sin embargo, llegó un momento en el que empezaba a hacerse demasiado duro. Era mucho trabajo para un solo hombre. Pero el karma recompensó su buen hacer pronto. Hasta su hogar llegaron algunas personas que a la vuelta de sus viajes querían alojarse por mucho tiempo. También hubo quien decidió no continuar su viaje y vivir junto a ese hombre. En cualquier caso, encontraron una cálida bienvenida y un oficio.
Los primeros problemas llegaban cuando los nuevos inquilinos se daban cuenta de que era un trabajo demasiado duro. O cuando se habían aburrido y querían seguir viajando. O cuando les llegaba la noticia de otras posadas mejores. Otros también partían en busca de tesoros inventados por los comensales. A menudo, estos problemas se resolvían pronto, pues cada vez que alguien partía, aparecía alguien dispuesto a sustituirle.
Un día, uno de los inquilinos empezó a exigir más salario de lo que el hombre podía permitirse. No obtuvo lo que quiso y de marchó. Se marchó dejando al pobre hombre pesaroso. Se marchó con todas sus pertenencias. Llevaba tanto tiempo allí que la habitación donde pernoctaba también podía considerarse suya. Por tanto, se llevó la habitación entera consigo. Desde lejos de apreciaba el agujero en el edificio. Y el pobre hostelero no pudo alojar a nadie más en ese hueco.
Desde ese momento, decidió no volver a dar una habitación numerada a nadie. Rotaba a la cuadrilla que tuviese en ese momento entre las distintas habitaciones de servicio. Hasta que la historia se repitió y, aunque no era su habitación de siempre, el esquirol de esta ocasión también arranco una habitación entera y se la llevó como recuerdo.
Tras este nuevo palo, decidió ahorrarse el trabajo de las mudanzas entre habitaciones y ser mucho más cuidadoso a la hora de elegir personal. Sólo permitiría arraigarse a aquellos que por sus características no pudiesen dejar un nuevo roto en sus paredes.
Al final, le pudo su corazón y arraigaron y arrancaron casi todas las habitaciones. Sólo quedaba una en pie. Limitó sus servicios a un poco de almuerzo y prestar su cama para una siesta. De este modo envejeció de repente demasiado rápido. La soledad amargaba sus guisos. Pero ¿Cómo iba a compartir su habitación con alguien, si podría llevársela?
Como buen luchador, volvió a confiar sin reparos. Por arte de magia o de brujería. Logró volver a recibir a las gente con esmero y excelentes elaboraciones culinarias. Iba recobrando su fama, ya no como hostal, sino como lugar de almuerzos y cenas.
Tristemente, ahora tiene que dormir en la cocina y pide caridad a los que asoman por allí.

martes, 13 de octubre de 2015

Adiós al único

Mañana cometo el error o la estoicidad de decir adiós. Le diré adiós al único que no lo merecería nunca. Salgo yo perdiendo, pues en el fondo, yo no soy tu rutina. Yo no soy tu día a día. Muchas veces, ni siquiera soy tu semana a semana. Tu no sentirás pena ni pérdida. Tu no estarás solo.
Sin embargo, yo sentiré el desasosiego de saber que no podré verte. Yo sabré que podría verte pero decidí que no. Yo huyo como tú nunca lo harías. Huyo sabiendo que con ello pierdo al más fiel de los que he conocido. Eres el único por el que hoy pondría la mano en fuego. El único que sé que me quiere sinceramente, sin más retorcimientos ni intereses que algunas salchichas. El único que siempre me ha recibido y recibirá con alegría, con un gran saludo. De esos que te evocan una sonrisa por muy negro que se haya pintado el día. Da igual el tiempo que hayamos pasado sin vernos, o si la última vez me porté bien o mal. Da igual si aparento o si no. Si estoy siendo como debo o como no.
Sólo a él puedo quererle de forma relajada. Sin temor a que quererle demasiado o demasiado poco repercutiese en su forma de actuar conmigo. Esa es la clave, le puedo querer descuidada, sin protegerme. Sin preocuparme de protegerle. Y en el fondo, me gusta casi tanto querer como ser querida.
Abrazarle, acariciarle, jugar con él, conseguir llamar su atención...ver como disfruta....todo ello sin tener que preocuparme del precio que deberé pagar. Ni a él ni a sus semejantes...El único precio lo hemos puesto los humanos, y temo no poder pagarlo.
Pero quien sabe, quizá me arrepiento y lo convierto en hasta luego. Quizá el destino no me deja elegir. Quizá un adiós no se vuelve tan malo. No hay quizá en que me encanta y es genial. Y siempre lo recordaré así.