Érase una vez, un árbol que creía lejos de cualquier civilización. La compañía más amena con la que contaba eran unas ardillas que vivían en los alrededores. Éstas ardillas se pasaban el día jugando por allí y, de vez en cuando, interactuaban con el frondoso árbol.
Había algunas un poco traviesas. A menudo, le tiraban alguna piedrecita y se reían de sus quejidos. El árbol, a veces, se quejaba exageradamente para verlas reír, pues algunas chinas apenas le rozaban. Otras ardillas, se tiraban piedras entre ellas, y cuando fallaban, daban al árbol. Había una ardilla muy especial. Siempre se portaba bien con el árbol. Le cuidaba con mucho mimo y atenciones: le regaba todos los días un poquito, le protegía del frío en invierno, le defendía de las plagas de insectos, le podaba para que estuviese guapo...
Un día esa ardilla estaba se puso muy muy roja y le salía humo por las orejas. Ese día, el bonito árbol vio, incrédulo, como una enorme roca le golpeaba el costado rompiéndole varias ramas. No pudo entender cómo su ardilla preferida, a la que más quería, la que tanto le cuidaba hizo algo así.
Pasados unos meses, el árbol ya estaba recuperado, gracias también a los cuidados de su ardillita, la cual estaba muy arrepentida. El árbol la perdonó y todo volvió a la normalidad.
Unos años después, el árbol volvió a recibir un duro castigo inesperado por parte de la ardilla. Acabó perdonándola, por lo buena que era otras muchas veces y porque el también le falló alguna vez, pero aprendió una lección. Debía estar preparado para recibir un duro golpe de vez en cuando o alejar a esa ardilla tan especial para siempre
lunes, 8 de febrero de 2016
El árbol ardillado
martes, 26 de enero de 2016
domingo, 17 de enero de 2016
De princesa a reina
Anoche me acosté princesa, princesa guerrera, pero princesa. De esas que se describen como si desprendiesen luz por sí mismas. Una luz que me alumbraba suficiente para luchar sobre cualquier escenario.
Anoche me acosté siendo una preciosa princesa y hoy me levantado siendo una abrumada reina. Dejé de ser princesa porque ya no ilumino, ya no soy la misma chica irresistible. Sin embargo, ahora me encuentro en un reino más grande, más rico y menos peligroso. Y soy reina porque me han alzado a hombros. He llegado la última a una ciudad construida y organizada y me han colocado en el trono vacío. Como si llevasen tiempo guardándome el sitio. Consciente del trabajo que conlleva reinar sobre un pueblo sabio, acepté el gran honor. Abrumada de por las ofrendas y la confianza que depositan en mí. Abrumada por el miedo a decepcionar y no estar a la altura. Abrumada pero Reina, reina como nunca antes me hicieron sentir, reina como nunca antes había sido.
jueves, 14 de enero de 2016
El gran fraude
Yo no quería saberlo, al menos no cuando no lo sabía. Ahora que lo sé, no sé qué prefiero. Me lo dijeron sin que yo preguntase, "los Reyes Magos" no existen. Tarde un poco en reaccionar y negar fervientemente esa afirmación. Tras mi testaruda negación, las evidencias flotaron sobre mis narices. Efectivamente, era imposible que existieran esos personajes a los que tantos años confíe mis ilusiones y por los que tantas veces me porté bien.
Con esta revelación, llegaron otras decepciones en cadena, como Papá Noel o el ratoncito Pérez. Y, por consiguiente, dejé de creer en la magia. Nada más triste para una niña que perder la ilusión de la magia.
sábado, 19 de diciembre de 2015
¡Hasta los cojones de tanta puta mierda!
jueves, 3 de diciembre de 2015
Tic tac
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Traquetea el sonido en mi cabeza. Toca sin boca la poca cordura que traigo. Tic, tac. Tic y tac. El compás del tiempo, marcado con dos golpes. Tiempo que transcurre entre latido y latido. Tic, tac. Tic, tac. Tic tac, tic tac, tic tac. A veces, se tropieza. Torpemente se atraganta en el transcurso de las horas. Se detiene un momento. Alterado y sin calma vuelve a arrancar. Tictac. Metiendo prisa a mi respiración. Entrecortando mis suspiros. Rebotando contra el suelo. Transportando canicas por el techo. Tic tac. Tic tac. Tictac, tictac, tictac. Calambres tras los párpados. Tictac. Apura el tiempo. Tictac. Rugen las entrañas. Tictac, tictac, tictac. Corazón de plástico. Tictac, tictac, tictac. Reloj de metal. Tictac. El ruidoso silencio machaca el alma. Tic tac, tic tac, tic tac.
Tic.
Y tac.
¿Eres tú o soy yo?
martes, 1 de diciembre de 2015
Bondad vs maldad
Y al final, no quedaban ni buenos ni malos. La bondad se tornó maldad y la maldad emborronó los límites. La calidad de las acciones empezó a medirse en efectividad y consecución de objetivos, sin importar la categoría de estos.
Reinando el caos, no era de extrañar que las personas fueran caóticas. Sobre cada uno, existen gran cantidad de medidas de bondad y maldad. Cada media es un compendio que engloba la predisposición, los propios valores y las propias fobias. Pero sobre todo, es una balanza movida por el amor hacia la otra persona y/o en miedo a perderla. Sin miedo a perder la maldad juega con una buena mano, y sólo si el amor es buen contrincante se salva la bondad. Sin amor y sin miedo a perder, ni bondad ni maldad serán famosas. Sin embargo, lo más peligroso quizá sea cuando ambos tienen buenas cartas. Cuando existe amor y miedo a perder, la mezcla es tan explosiva e incontrolable que las sombras de la maldad se extienden demasiado. Es, incluso, peor que el miedo a perder sin amor, pues éste último es más cuerdo y predecible.
En definitiva, nadie es bueno. Nadie es malo. Sólo queremos más o menos. Tenemos más o menos miedo. Y todo medido con distintas escalas.