jueves, 12 de noviembre de 2015
De persona a gaviota
Sin embargo, la oscuridad a que me vi obligada a soportar me obligó a abrir más los ojos. Levantarme de mi mesa y observar mi alrededor. Un alrededor que convive conmigo constantemente, pero a penas presto atención. Una vez más, granuja la vida, presentó una paradoja. Conseguí ver a ciegas, lo que la luz no mostraba.
Encontré el rincón de las cosas perdidas. Donde se guarda aquello que no usas a diario. Que, aunque inútil, una extraña fuerza interior impide que vaya a la basura. También pude recordar el motivo que llevaron esos objetos al rincón del olvido. Tan sólo dejé algunos. Otros se los llevará esta noche el camión de la basura.
Percibí el olor del miedo a lo desconocido, a la variabilidad de la rutina y la tensión de no saber el tiempo que llevará restaurar la normalidad. Lo percibí claramente, tan claro como si lo tuviera al lado. También escuché algún llanto por algún ordenador que se apagó antes de guardar el trabajo. Y vi salir del escobero a un par de despeinados.
Puse mi objetivo en conquistar ese momento. Una noche diurna en un lugar que apenas conocía si me sacaban de mi camino. Me olvidé de coger el abrigo, las llaves, el móvil y dejé para mañana todo lo que tenía que hacer y lo que surgiese. Corrí con ansia hasta el edificio contigo, frenando en seco ante la puerta. Preguntándome qué esperaba encontrar y si estaba preparada. Hice lo mismo con cada edificio. En el último, la puerta estaba cerrada. Después de todo el esfuerzo que había realizado entre la multitud astiada y escandalizada por los cortes de luz, me parecía una decepción no entrar en el último edificio. Decidí entrar por la ventana. Sin muchas ganas, con aburrimiento y por inercia. Sólo por ser el único que quedaba. Aunque me aturdía la sensación de parecerme a mi hijo pequeño buscando aventuras tontamente, cuando ya no tengo imaginación. El portero estaba allí. Creo que a él también le recordé a un niño pequeño. Sin embargo, sacó una pequeña sonrisa desganada para agradecerme que llegase a hacerle compañía. Aquel hombre siempre me pareció aburrido y soso. Pero hoy, con mis ojos de niña aventurera, resultó bastante interesante. Con la escusa de buscar los plomos y dar la luz, me condujo a un refugio secreto bajo el suelo. Al principio no quería, pero tuve que aceptar su consejo. Así que me convertí en lombriz. De este modo, la humedad y estrechez de los pasillos era más llevadera. La sensación de arrastrarse sobre la suciedad no terminaba de compensar las ventajas de ser lombriz. Vino la luz, pero el muy...pi...no quiso enseñarme a desconvertirme. Me cogió con desprecio, ya con forma de hombre, y me dejó en el jardín. Me arrastré murmurando maldiciones y envenenándome con palabrotas hacia la salida de la universidad. Obviamente, no iba a aparecer así en mi despacho. Por el camino, me encontré un trébol de cuatro hojas. Me quedé anonadada. Nunca había visto uno, por más que había buscado. Y así, de repente, estaba ante mis...¿manos de lombriz? Como fuere, decidí no moverme de allí hasta encontrar una solución. Se supone que debería tener suerte. Y así fue, apareció un duende entre las hojas del césped recortado. Huía de una liebre que le perseguía enfurecida. En su carrera, iba agitando lo que parecía una mini marmita de polvos mágicos. Por suerte, me cayeron unos cuantos encima. Al mirarme, vi un cuerpo blanco sobre unas patas palmípedas. Un pico que me permitió agarrar el trébol de cuatro hojas y unas alas que me permitieron volar libre.
martes, 10 de noviembre de 2015
No me quieras rápido, quiéreme de verdad
lunes, 9 de noviembre de 2015
Sóbame
Desgástame la piel como si fuera a caducar mañana. Aún con ropa, hoy se encuentra demasiado fría. Las telas no frenan el azote del hielo intravenoso. Es mi cuerpo el que te busca. Es mi cuerpo el que te añora. Arráncame a bocados el peso de la vida. Deslizáte, como una serpiente sigilosa, por toda la cáscara de esta manzana envenenada en la que me he convertido. Quiero envenenarte de pasión, hasta que pierdas la cabeza. Hasta que la adicción por tocar mi desnudez embruje tu existencia. Quiero ser el único trago que calme tu sed. Sin embargo, guardo un corazón vacío en su último latido. Guardo un corazón hecho cenizas. Un bosque de amor devastado por pirómanos caníbales que yo crié y alimenté. Moribunda ansío que el aire de tu boca, al susurrar, encienda estas ascuas. Devuélveme a la vida en forma de llama forjadora de sueños. Dibuja senderos silenciosos que unan todos los poros de mi piel. Estremece hasta los huesos que me sostienen, con las yemas de tus dedos. Haz que cale el calor de tu boca, desde lo visible hasta lo invisible. Tócame a oscuras, que no haya mas sentidos que nuestros tactos. Diluye mi agonía entre tus caricias, llevándome a un éxtasis sensorial. Quiero hablarte sin palabras. Quiero que nuestras lenguas se encarguen solo de saborear el placer que generemos. Ven y leéme en braile. Calma el dolor de no sentir la presión de tus dedos agarrando mi contorno. Ven, que prometo recompensarte con una larga historia entre las sábanas. Con un cuento sordomudo que te descubra lo que nadie más supo decir. Ven despacio y tócame a cámara lenta, acentúando nuestro encuentro. Hagamos un juego sublime que deje huella y me devuelva a la vida.
jueves, 5 de noviembre de 2015
El tobogán
Esto ya lo he vivido. Una vez, dos, tres...varias veces. Das un pequeño salto y te dejas caer. Recorres la espiral que dibuja el tobogán a cámara lenta. Queda perfectamente visible el túnel de aire que se pronuncia entorno a ti. Al principio, resulta llevadero, pero a medida que desciendes, se va impregnando de frío tu cuerpo. Lentamente, cada vez más frío. Quienes llegan al final, pasan a un estado más helado que la congelación. En ese momento, se vuelven frágiles por dentro. El super hielo protege su estructura externa, pero las gotas heladas entre los músculos destrozan el organismo. Un pequeño golpe puede desencadenar grandes masacres.
La única forma de no llegar hasta el final, es escaparse antes. Coger la escalera de cuerda que te devuelve a la cima del tobogán. Sin embargo, hay que saber dónde está y querer agarrarse a ella. A mí me la enseñaron y, de vez en cuando, me la acercan si es necesario. Pero yo, que no logro pisar en firme, ¿cómo te agarro sin caerme contigo? ¿cómo puedo alcanzarte sin romperme?
jueves, 29 de octubre de 2015
Deja que me rompa
Déjame caer. Déjame caer a gran velocidad. Experimentar la fuerza de la gravedad, acelerada por un vertiginoso salto, atada a una mochila muy pesada. Permite que termine en el suelo, debajo de una losa que me persigue desde hace mucho tiempo. Una losa que crece conmigo y, a veces, camino encima, y otras, debajo.
Permite que me estrelle y caiga sobre mí toda la carga que no fui capaz de dejar en el camino. Pero hazlo de verdad. Hazlo como si yo fuese una vasija vieja destinada al contenedor. Si es demasiado amargo, mira para otro lado. Camina de espaldas hacia mi y date la vuelta cuando todo mi ser esté hecho añicos, esparcido en mil pedazos.
Sólo en ese momento, solo entonces quizá pueda ser libre. En ese momento, quiero que tus delicadas manos, que tanto saben hacer, recompongan los trozos que encuentren. Que intenten reconstruir un nuevo objeto lleno de líneas. Tu fíjate en esos caminos. Síguelos con los dedos y encontrarás que existen algunos huecos en la estructura reconstruida. Es por dónde respiro. Son los puntos que me hacen frágil sin la necesidad de despeñarme. Sólo así podré decorar tu estantería sin salir rodando. Y seré tuya como nunca lo fui de nadie. Incompleta, sin los trozos que se perdieron. Redecorada, con cicatrices que pueden lastimar la piel que las acaricia. Con rastros de tu existencia que no son rotos sino pegamento.
Yo prometo no darte este trabajo demasiadas veces. Tu promete acercarte despacio. Empieza a contemplarme desde lejos y precede de pasitos muy cortos tus caricias sobre mi.
miércoles, 28 de octubre de 2015
El triste descubrimiento
En aquellos tiempos yo era muy joven. Demasiado joven, diría yo, para haber sufrido un percance de tamaña envergadura. A pesar de mi juventud, yo ya tenía las dotes de aventurera que me caracterizan en la actualidad. Aventurera y pasión el descubrimiento de misterios nuevos y antiguos, ocultos y visibles. Estas peculiaridades son las que me llevaron a emprender una búsqueda realmente compleja y peligrosa.
Se trataba de descubrir las malas artes que empleaban unos señores para conseguir introducirse en cualquier casa sin ser vistos y a tremenda velocidad. De hecho, mi casa había sido unos de sus objetivos algunos meses atrás. La mayor dificultad a la hora de estudiar su "modus operandi" era que no actuaban a menudo. Por tanto, era difícil acudir a las escenas dónde se habían producido los allanamientos de morada y buscar pistas. El trabajo que tenía por delante era, por tanto, puramente deductivo. Con las pocas pruebas que tenía y la constatación empírica de apenas dos acontecimientos, habría que trabajar duro mentalmente para descubrir su plan de ataque.
Obviamente mi investigación debía ser muy discreta y sin confiar en nadie. Al haber sido afectados todas las personas que conozco y yo misma, cualquiera podría estar metido en el ajo y ser cómplice. Es por eso por lo que decidí interrogarlos a todos de forma disimulada. Les contaría mi experiencia y poco a poco dejaría que ellos me hablasen de la suya. Este método tenía la ventaja de ser muy discreto y pasar desapercibido. La desventaja es que no siempre recibía toda la información que quería (aunque normalmente recibía demasiada información inútil para mi investigación).
Una vez tuve todos los datos registrados, me encerré en mi cuarto durante varios días. Exceptuaba las horas que debía dedicarme a otros asuntos serios. Calculé con exactitud el tiempo que tardan en abrirse y cerrarse las puertas y las ventanas (hice pruebas con todas las de mi casa). Considerando que eran varias personas y que cada persona abría una puerta o una ventana distinta, obtuve un resultado de 3234 puertas en una hora o 4312 ventanas. Las puertas tardan más en abrirse, pero tienen la ventaja de que tardas menos en pasar a través de ellas. Considerando que para poder hacer el menor esfuerzo en cada casa y ser lo más rápidos posible, es recomendable abrir la casa una sola vez y entrar y salir en ese espacio de tiempo. Teniendo en cuenta este aspecto, el asedio a cada casa, duraría aproximadamente 4´321 segundos. Es decir, en una hora, sin contar desplazamiento, podrían introducirse en 833 casas. Son muchas menos que todos mis conocidos, por lo que esta parte podría ser aceptable. Sin embargo, analizando la velocidad a la que debían moverse y la composición de los tejidos del cuerpo humano, era prácticamente imposible juntar ambas cosas. La velocidad necesaria para llevar a cabo esta proeza superaba mucho a la registrada en el libro de los récords guines. Las únicas soluciones posibles es que no fueran humanos o que visitasen menos casas o que utilizaran más tiempo.
Sin embargo, lo más sorprendente es que nunca nadie los haya visto. Eso podría deberse a introducción de algún gas que provoque un profundo sueño. Esto podría realizarse únicamente cuando todos los habitantes estén acostados, puesto que en otro caso, alguien habría sufrido algún percance y sería notable la sedación. Por tanto, además deberían escuchar y esperar en cada casa o visitar varias veces una misma casa. Esto supone incrementar demasiado el tiempo dedicado por hogar.
La otra opción, es que tuviesen un compinche en cada casa. Por eso al día siguiente había tantos regalos, serían el pago que el compinche de cada casa habría recibido. Por eso, decidí interrogar más exhaustivamente a mis padres, pues eran ellos quien tenían el poder absoluto de mi casa.
La respuesta fue clara y dolorosa. Me llevó mucho tiempo recuperarme. Mis padres no sólo eran compinches. !Sino que se habían inventado todo! Los Reyes Magos no existían ni lo habían hecho nunca. Fue un duro golpe para mí, pues mi empeño en la búsqueda era poder demostrar que se trataba de magia. Que la única explicación posible es que hacían magia. Tristemente, mi hipótesis deseada era falsa. Todo mi mundo de niña de 10 años se vino abajo. Ya no podía creer en la magia. Y en mis padres...tenía que pensarlo mucho. Este momento fue uno de los más duros de mi infancia. La magia había desaparecido en mi mundo. Había escrito cartas y puesto vasos de leche a unos seres que no existían.